Catulo en Sirmione: las libretas perdidas
En Sirmione, delante del lago de Garda, Catulo tiene el gesto severo que suele concederse a los escritores cuando ya no pueden quejarse del parecido. El bronce le ha puesto una toga de eternidad, alrededor han plantado flores y detrás pasan los turistas, algunos tan ocupados en mirar el agua que le dan la espalda. Me gusta esa convivencia, bastante más viva que el silencio respetuoso de los museos. La poesía puede aguantar perfectamente unas bermudas.
Adeste, hendecasyllabi, quot estis
omnes undique, quotquot estis omnes.
Iocum me putat esse moecha turpis,
et negat mihi nostra reddituram
pugillaria, si pati potestis.
El comienzo del poema 42, donde Catulo llama a sus endecasílabos y los reúne para reclamar unas tablillas de escritura que una «puta» se niega a devolverle. Tiene algo formidable imaginar a los versos acudiendo desde todas partes, convertidos en una pequeña muchedumbre de once sílabas, para ayudar a su autor en una disputa que cabría hoy en la pantalla de un teléfono. Uno espera que un clásico invoque a los dioses y resulta que está intentando recuperar sus cosas.
Ahí me interesa especialmente. En esa distancia que se desploma entre la solemnidad con que conservamos a los muertos y la poca solemnidad con que estuvieron vivos. Nos quedan sus palabras, pero tendemos a vestirlas con el mismo traje que les ponemos a las estatuas, como si para atravesar los siglos hubiera que ir muy compuesto. Catulo conserva el enfado, la impaciencia, una desvergüenza que todavía incomoda. Y de pronto el hombre del pedestal, al que parecía imposible acercarse sin haber preparado antes una frase inteligente, está a tu lado reclamando una libreta.
Quienes escribimos sabemos algo de ese apego, aunque las libretas hayan aprendido a esconderse dentro de los ordenadores. Una frase a medio hacer ocupa poco y puede acompañarte durante años; basta perderla para que empiece a parecer irremplazable. A lo mejor era malísima. Eso también molesta, porque ahora ya no podremos comprobarlo y la memoria se encargará de mejorarla hasta convertirla en lo mejor que habíamos escrito. Comprendo la necesidad de convocar refuerzos. Yo tendría que empezar por poner de acuerdo a mis propias sílabas, que a veces andan bastante dispersas.
El lago continúa azul en la fotografía y las flores tienen ese descaro de las flores que salen bien, sin una sola metáfora. Catulo permanece entre ellas con las cejas fruncidas. Ahora, cada vez que vuelvo a mirarlo, me cuesta atribuirle una preocupación elevada. Lo imagino esperando que alguien regrese por el paseo, se acerque al pedestal y le entregue, de una puñetera vez, sus tablillas.
