Los fantasmas creen que la casa sigue siendo suya

Lo irritante de algunos fantasmas es su familiaridad. Conocen el camino, atraviesan la casa sin pedir permiso y se instalan precisamente donde uno iba a sentarse. El miedo llega después, cuando advertimos que todavía sabemos qué silla preferían y que llevamos un rato dejando libre ese lado de la mesa.
Los fantasmas de la vida sentimental siguen convencidos de que la casa es suya. Me interesa esa obstinación doméstica de los muertos que aún no lo están del todo. Pueden desaparecer durante semanas y regresar por una canción, una expresión o el olor de una tarde, tan seguros de su derecho a entrar que nos sorprenden preparando una explicación. Entretanto, en la cocina, se enfría el café que habíamos puesto para nosotros.