El fin del verano

Skeletor con uniforme sanitario verde y un café, ante la vuelta al trabajo

Yo cuando vuelva al trabajo la semana que viene. Con esa disposición del que ha pasado el verano intentando recuperar la cara y descubre, al mirar el calendario, que ya puede ir dejándola en casa. Hay concesiones que uno puede hacerle al empleo y otras que acabarían por destruir su personalidad.

Lo peor del final del verano es la anticipación. Todavía quedan días, hace calor, la tarde se demora sobre las cosas con una generosidad que en invierno parece imposible, y ya estamos gastando esas horas en calcular cuántas faltan para volver. El despertador empieza a sonar dentro de la cabeza mucho antes de que lo conectemos. Uno está mirando el mar y, entre dos olas, se le cuela un lunes. Después otro. Al final hay más lunes que agua y te has fastidiado tú solo un rato que aún te pertenecía.

Las vacaciones tienen ese engaño precioso del principio, cuando las extendemos mentalmente y en ellas cabe una vida bastante más grande que la nuestra. Los libros pendientes, las páginas que vamos a escribir, el descanso que esta vez sí va a descansarnos; todo dispone de sitio porque aún no ha sucedido. Luego los días adquieren su tamaño verdadero. Se pierde una mañana en cualquier tontería, otra se va en hacer lo que había que hacer, y el tiempo que sobraba al abrir la maleta empieza a faltar cuando todavía está por deshacer. Me irrita especialmente esa contabilidad, porque hasta el placer acaba pareciéndose a una tarea atrasada. También hay que encontrar un hueco para disfrutar, y hacerlo bien, por favor, que esto se termina. Enseguida se me pasa la solemnidad del regreso. Le estoy dando muchas vueltas al fin del verano y el pobre hombre tiene que resolver qué hace con unos cuernos de carnero antes de fichar.

Hay algo infantil en esta resistencia que me niego a perder del todo. Vuelve septiembre y todavía queda por dentro aquel disgusto de las tardes a las que empezaban a quitarles luz, cuando los anuncios del regreso al colegio se metían en agosto como una falta de educación. Ahora somos nosotros quienes ponemos la alarma, revisamos los horarios y preparamos la ropa, pero bajo toda esa eficacia sigue protestando alguien que quería un rato más. Lo reconozco también en la facilidad con que un juguete consigue sacarme de una preocupación adulta, aunque sea para prestarle mi propio cansancio y devolverlo a la estantería con un contrato de trabajo.

Y, sin embargo, me gusta el otoño. Me gusta incluso mientras protesto por tener que volver: esa primera tarde en que abrir un libro pide quedarse dentro, las ganas de una película de terror, la proximidad de las calabazas. El verano empieza a perderme por ahí, por lo que viene después y todavía conserva el brillo de las cosas deseadas. Me descubro adelantando otra vez el calendario, ahora para llegar a una noche de octubre, y tengo que reírme un poco de mi impaciencia. Quería alargar estos días y ya estoy buscando una manga larga.

De momento dejaré a Skeletor con su café. El verde del uniforme le sienta sorprendentemente bien al azul y al morado; parece que incluso esto hubiera podido elegirlo. Yo procuraré no entregarle al despertador las horas que aún faltan. Quedan páginas por leer y una tarde de fantasmas, mientras él espera en la pantalla con su sonrisa imposible y sigo sin decidir si me está comprendiendo o riendo de mí.

El busto de Lovecraft...

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