Libros con gafas: Conan el bárbaro. Su travesía por la literatura
Ya un acierto de base. Va al lugar donde Conan todavía respira sin intermediarios. No al icono de silueta hipertrofiada que la cultura popular ha repetido hasta volverla casi automática, sino al personaje literario. Parece obvio, pero no lo es. Conan lleva tanto tiempo multiplicado en cubiertas, viñetas, películas, juegos y toda clase de derivaciones que acercarse a él desde fuera puede resultar confuso. Hay tanto material, tantas manos, tantas capas superpuestas, que el personaje acaba pareciendo una selva. Y en una selva así uno se pierde enseguida. El libro de Jiménez Barco viene a hacer justamente eso que hacía falta: abrir camino.
Lo mejor es que no reduce esa tarea a una cronología ni a un inventario de títulos. Vuelve a Robert E. Howard, claro, porque ahí está el núcleo, pero no se queda en la reverencia ni en la repetición de los lugares comunes. Entra en los relatos, en la construcción de la Era Hiboria, en la forma en que Conan se impone como una figura central de la fantasía heroica y, a la vez, en cómo esa figura empieza a crecer, a deformarse y a escapar de su cauce inicial. El ensayo funciona porque entiende que Conan no es solo un origen ilustre de un icono formidable. Es también una expansión. Una criatura literaria que muy pronto empezó a tener una vida más ancha, más desordenada y a veces más problemática que la de sus primeros pasos.
Jiménez Barco se mueve bien en ese terreno. Hay admiración por Howard y por el personaje, desde luego, pero el libro no se limita al homenaje. Examina, compara, pone orden. Eso se agradece, porque hablar de Conan exige separar agua de mucha fuente. No basta con recordar que ahí están «La reina de la Costa Negra», «La torre del elefante» o «Clavos rojos». También hay que mirar qué pasó después, cómo se administró ese legado, cómo lo tocaron otros autores, qué se ganó y qué se perdió por el camino. El libro entra en esa historia sin dejar que el entusiasmo nuble el juicio.
Además, tiene una utilidad muy concreta. Para cualquier lector interesado en Conan, la magnitud del material acumulado durante décadas puede resultar abrumadora. No es solo que haya mucho. Es que ese mucho está disperso, mezclado y a veces mal jerarquizado. Por eso un estudio como este resulta tan pertinente. No simplifica el mapa, pero sí lo vuelve transitable. Sitúa los textos, aclara recorridos y permite ver con más nitidez qué pertenece al corazón literario del personaje y qué forma parte de su larga vida posterior.
Conviene señalar también que aquí se centra en la dimensión literaria de Conan, y lo hace con buen criterio. No intenta abarcarlo todo de una vez, que habría sido la mejor manera de desdibujarlo. Esta es una primera entrega y habrá un segundo volumen dedicado a las demás dimensiones del personaje, sobre todo al cómic, que es otro territorio vastísimo. La decisión parece acertada. Conan da para mucho, quizá demasiado, y dividir ese caudal lo vuelve respirable.
La edición de Diábolo acompaña bien ese planteamiento. Es un volumen con empaque y visualmente impactante, pensado para quedarse y para volver a él. No da sensación de producto apresurado ni de oportunismo de tópicos, algo que en un personaje tan explotado como Conan ya es bastante decir.
En conjunto, «Conan el bárbaro. Su travesía por la literatura» es un libro serio, útil y bien enfocado. No se queda en la mitificación ni en el brillo superficial del personaje. Va al texto, al linaje, a las mutaciones. Y al hacerlo recuerda algo que conviene no perder de vista: antes de convertirse en una imagen reconocible hasta para quien no lo ha leído nunca, Conan fue literatura. Y ahí sigue estando lo esencial.
