La maldad fría y melancólica del Drácula de Lee
Hay algo en el Drácula de Lee, una maldad fría y melancólica, desapasionada, de corazón roto hace tanto que ni recuerda el motivo y que, frente al de Gary Oldman, tampoco supuso el origen de su caída y quizá se tratase de su única posibilidad truncada de redención. Un Drácula mecánico, nada metafísico ni locuaz en contrapartida a Lugosi, sin transformaciones ni debates sobre la inmortalidad, un Conde prácticamente mudo, magnético, despreciativo, pero escasamente narcisista frente al de Langella, un macho vernáculo siempre enfadado y decepcionado ante la vida, canalizando la tristeza en rabia contenida y misoginia, que explora muy bien esa parte del vampiro de Stoker que no entiende al ser humano por no encontrarse en su nivel, la bestia y el frío tomaron el control, un alienígena que nos mira como a jabalíes en su coto. Jamás estará lo suficientemente bien valorado como el mejor Drácula que hubo y habrá, despojado de artificio y romanticismo.
