Sanjulián, los mundos que cabían en una portada
Hay ilustraciones en las que me quedaría a vivir, aunque lo más probable es que me devorasen antes de encontrar una habitación libre. Las de Sanjulián tienen mucho de eso. Sus ruinas, sus criaturas, esa carne iluminada contra la oscuridad me han hecho volar tantas veces que resulta extraño pensar que todo empezaba en algo tan quieto como una portada. Bastaba mirarla para que el mundo de alrededor perdiese un poco de consistencia y empezase a entrar el otro.
Sanjulián murió el pasado 14 de octubre, a los ochenta y cinco años. Escribo su nombre y me vienen imágenes antes que palabras. Vampirella, por supuesto, con esa mezcla de deseo y amenaza que él sabía pintar sin que una cosa estorbase a la otra. También los monstruos, los guerreros y los paisajes donde el horizonte parecía esconder algo enorme. Había una gravedad física en sus fantasías, un peso de cuerpos y piedras que me permitía creer en lo imposible sin tener que dejar de ser adulto. Qué descanso.
Siempre me ha fascinado lo que una ilustración puede poner en marcha sin contarnos la historia completa. ¿Qué ha pasado antes de esa escena? ¿Qué respira fuera del encuadre? La mirada sigue trabajando donde el pincel se detuvo, se interna por su cuenta en la ruina, se acerca demasiado a la criatura. Con Sanjulián me ocurre eso. Sus imágenes me prestan un lugar y enseguida estoy imaginando lo que podría sucederme dentro.
Ahora me da pena volver a ellas sabiendo que ya no habrá otras nuevas. Me detengo en detalles que antes atravesaba con prisa, en una luz sobre la piel o en la oscuridad que deja asomar unos dientes. Quería traer aquí alguna de esas imágenes y darle las gracias por tantos viajes. Todavía me quedo mirando un buen rato antes de pasar la página.