Skeletor Ojos de Fuego: lo que iluminan dos muñecos

Vic consiguió pedirme el nuevo Skeletor Ojos de Fuego, gracias a dios. Eso dio lugar a una conversación de las que siempre surgen con él, porque un amigo de verdad debe hacerte reir y pensar, debe aportarte algo en lo que tú no habías caído aunque lo mires mil veces.
La novedad de Origins me interesa y al mismo tiempo me obliga a inspeccionar otra vez al que lleva tiempo conmigo, con sus proporciones extrañas y las reparaciones que le devolvieron la luz. Compararlos tiene algo incómodo para un coleccionista, porque las mejoras se pueden señalar con bastante facilidad y el apego no responde necesariamente a ellas. Puedo agradecer que una figura mueva mejor las rodillas y seguir prefiriendo la postura del otro.
Ojos de Fuego siempre ha tenido algo de Skeletor intervenido por un taller de mala muerte del futuro. La capucha lo aparta del hechicero habitual y deja que los añadidos mecánicos prolonguen su aspecto de cadáver conectado a un aparato. Hay algo particularmente desagradable en encender unos ojos dentro de una cabeza que debería estar vacía. La luz roja ocupa el sitio de la mirada y cambia el sentido de esos huecos. La electrónica, visible en la forma del cuerpo, le da una existencia mecánica que se aleja bastante del primer muñeco.
El diseño original de David Wolfram llegó al final de la línea clásica: apareció en Italia en 1988 y en España en 1989. Su cuerpo voluminoso y las piernas flexionadas estaban condicionados por el alojamiento de las pilas. Wolfram explicó también el interés por una estética biomecánica, con Giger entre sus referencias. Aquellas proporciones extrañas tenían una razón material. El problema de meter un mecanismo dentro del muñeco acabó participando en su personalidad, hasta el punto de que corregirlo también modificaría el diseño que reconocemos.
Eso me interesa mucho más que una supuesta perfección perdida. El antiguo resulta raro. El aparato lo deforma hasta obligarlo a ocupar el espacio de otra manera, y esa incomodidad le sienta bien a un villano que ya parecía tener dificultades para estar vivo. Una solución de fabricación puede producir una imagen que se nos queda pegada durante décadas. Al mirar la espalda y el volumen del torso todavía se reconoce el problema que hubo que resolver. La figura conserva esa negociación entre el dibujo y lo que era posible fabricar.
La versión actual conserva la iluminación roja de los ojos y la mano derecha. El bastón translúcido acompaña la capa, mientras las dieciséis articulaciones de esta entrega de Origins permiten modificar la postura. En las fotografías se aprecia la posibilidad de orientar las extremidades y repartir mejor el peso visual. El efecto luminoso sigue siendo el centro de la figura. Mattel ha entendido que aquí no bastaba con vestir de otra manera al Skeletor de siempre. Había que recuperar el momento de encenderlo.
Ahora bien, mejorar la movilidad también cambia la silueta. Al corregir una rigidez se pierde parte de la postura en la que recordábamos al personaje. Una rodilla que antes imponía una posición ahora nos deja elegir, y la libertad es estupenda para posar y fotografiar la figura. Pero la limitación antigua había terminado dibujando un gesto reconocible. Ese gesto impuesto por la fabricación también forma parte de lo que me atrae del antiguo. Ganar movilidad permite elegir otra postura, aunque la elección a veces termine llevándonos a reproducir la misma que recordábamos.
Lo de la nostalgia se utiliza a veces como si acabásemos de descubrir una trampa. Naturalmente que influye. También influye haber visto cien veces una película o recordar quién nos prestó un libro. Tampoco voy a fingir que comparo dos piezas de plástico con el desapego de quien examina dos alcachofas. Lo interesante empieza al admitirlo: puedo preferir un acabado antiguo y reconocer una mejora nueva sin tener que demostrar que los niños de los ochenta teníamos mejores criterios industriales que todo el departamento de diseño de Mattel.
Conviene, eso sí, no confundir el cariño con el recuerdo de haberlo tenido. Una variante puede atraernos por lo que nos habría gustado poseer o porque prolonga un mundo al que ya estábamos unidos, aunque hayamos llegado a ella mucho después. Las colecciones contienen también ausencias. A veces el objeto que llega de adulto viene a ocupar un hueco que ni siquiera tenía su forma exacta. En mi caso, el antiguo también conserva una historia posterior a la infancia, porque llegó a mí reparado y hubo que completarlo.
Ojos de Fuego pertenece a ese tramo tardío en el que Masters del Universo seguía produciendo imágenes llamativas mientras su trayectoria comercial se agotaba en Estados Unidos, con un recorrido distinto en los mercados europeos. Hablar de aquel declive exige distinguir la línea de juguetes de Mattel como compañía. Y tampoco el desgaste comercial explica por sí solo la calidad de cada diseño. Una marca puede estar perdiendo fuerza y seguir generando figuras con más personalidad que otras nacidas durante su mejor momento.
Mi Ojos de Fuego se lo compré a un electricista que había reparado el circuito y lo vendía para sacar un extra para su boda. La capa la confeccionaron unos hermanos de Leganés siguiendo el patrón original, y mi amigo Javila, de The Secrets of Orko, me regaló un báculo translúcido impreso en 3D. El resultado conserva intervenciones de personas que no estuvieron en la fábrica y que, bastantes años después, consiguieron devolverle su función. La pieza que comparo con la novedad de Mattel ya contiene todo eso. Su valor para mí tiene bastante que ver con cómo llegó a estar entera.
Que Vic haya conseguido el nuevo añade otro vínculo a esta historia, sin que la figura anterior tenga por qué perder el suyo. Me apetece compararlas cuando pueda hacerlo con ambas delante, mirar qué ha cambiado en la calavera y comprobar hasta dónde llega la luz del báculo. Por ahora, el antiguo sigue funcionando gracias a una reparación y a las piezas con las que lo completé. Frente a él, las fotografías de Origins muestran una interpretación nueva de aquel cuerpo incómodo. Me interesa conocerla sin exigirle que ocupe el lugar de un muñeco que ya tiene su propia historia conmigo.