Palomitas: Resident Evil (2026)

Cartel oficial de Resident Evil (2026), Sony Pictures

Resident Evil, la nueva de Zach Cregger, me ha parecido mala en general, con una desenvoltura bastante chusca que me ha divertido. Tiene momentos aterradores al principio y luego se va hacia una comedia negra donde el horror corporal acaba compartiendo espacio con las decisiones de una gente que parece empeñada en facilitarle el trabajo al virus. Después de Barbarian y Weapons, Cregger vuelve a cambiar las condiciones de una película a mitad del trayecto. Aquí el cambio deja bastante atrás el miedo del comienzo, aunque reconozco que el desmadre también tiene su gracia.

Austin Abrams interpreta a Bryan, un repartidor de material médico al que le toca llevar un envío a Raccoon City en plena noche de nieve. El planteamiento funciona porque coloca en el desastre a alguien sin preparación para afrontarlo, pendiente de terminar un trabajo que se complica mucho más de lo que cubre cualquier plus de nocturnidad. Cregger sabe aprovechar ese desconocimiento durante el arranque. El encuentro con la mujer infectada conserva algo desagradablemente próximo, esa dificultad para reconocer como amenaza a una persona a la que todavía intentas ayudar. Ahí hay miedo antes de que empiece la exhibición de criaturas.

La niña de la autocaravana lleva esa dificultad bastante más lejos. Sigue pudiendo hablar de lo que le ha pasado mientras su cuerpo ya está convirtiéndose en otra cosa, y el pie deformado introduce una violencia que resulta más incómoda precisamente porque todavía hay una niña delante. El body horror tiene aquí una posibilidad muy buena: obligarnos a mirar la enfermedad antes de permitirnos clasificar al enfermo como monstruo y quitárnoslo de encima sin demasiados problemas. Durante ese encuentro, la ayuda y el peligro se confunden de una forma que afecta a la escena. Después la película prefiere acelerar hacia la siguiente barbaridad.

El gore va ganando terreno y la anatomía se vuelve mucho más imaginativa que buena parte del guion. Hay cuerpos cuya forma humana se deshace para incorporar otras posibilidades de movimiento, carne que parece estar improvisando para seguir viva. Se reconoce el parentesco con La cosa de Carpenter en esas deformaciones y en la desconfianza hacia un cuerpo que puede abrirse de pronto. En esta Resident Evil, sin embargo, el espectáculo de la mutación acaba interesando más que sus consecuencias para quienes todavía conservan forma de persona. La infección da cada vez menos angustia y más curiosidad por ver qué guarrería han preparado después.

El zombi que vomita ácido concentra muy bien ese cambio. La amenaza también se convierte en un problema físico que hay que resolver mientras el ascensor se deshace, y uno termina siguiendo la secuencia con la disposición de quien espera el siguiente accidente de una atracción de feria. Es una escena asquerosa y tiene un punto cómico que encaja con la película que Cregger acaba haciendo. Me resulta divertido ese uso del exceso, aunque la acumulación va rebajando el efecto de los primeros encuentros. El cuerpo puede seguir destrozándose de maneras cada vez peores sin que por ello aumente el miedo.

Lo que me cuesta más aceptar es la estupidez de los personajes. Bryan puede estar desbordado y manejar un arma con la soltura de alguien que solo ha usado el mando de una consola. Eso permite una vulnerabilidad interesante. Deshacerse de una escalera que podría ayudarlo a salir del sitio donde está atrapado ya exige otra disposición del espectador, porque el apuro depende de que el personaje colabore con él. Cuando esa torpeza se extiende a casi todos los que aparecen, empiezo a ver el trabajo del guionista colocando a cada uno donde necesita para preparar el siguiente numerito.

Con los científicos me molesta especialmente. El cine de terror lleva mucho tiempo usando al friki cobarde como abreviatura de una persona con conocimientos, y muchas veces termina escribiendo a un idiota con bata. Un investigador puede tener miedo y ser incapaz de defenderse de una criatura que viene a comérselo. Hasta ahí no tengo ninguna objeción. Pero alguien que ha llegado a trabajar con una enfermedad de esa complejidad ha tenido que aprender a resolver problemas y a distinguir consecuencias. La película necesita que creamos en una capacidad suficiente para producir ese desastre o intentar remediarlo, y al mismo tiempo trata la inteligencia de quienes trabajan allí como algo que puede desconectarse cuando estorba a la escena.

Eso también debilita a Umbrella. Una organización capaz de semejante horror resulta más inquietante si sus empleados conservan competencia y comprenden al menos parte de lo que están haciendo. La responsabilidad pesa más cuando hay conocimiento. Con Carl, el científico de Paul Walter Hauser, domina la explicación del desastre y la caricatura, y esa sensación se prolonga al llegar al laboratorio. Acabo echando de menos que el guion se tome la molestia de escribir a personas capaces en un lugar donde, según la propia historia, tendrían que estar trabajando personas capaces. El miedo podría desorganizarlas sin borrar todo lo que han aprendido.

Respecto al videojuego, me ha parecido bastante alejada de lo que esperaba encontrar en una adaptación de Resident Evil. Cregger ha explicado en una entrevista con PlayStation que quería contar una historia nueva y conservar la preocupación por los recursos. Ese propósito se reconoce en las dificultades con las armas y en la obligación de seguir avanzando con lo que queda. Me interesa como intento de adaptación, pero ver a un personaje superar obstáculos sucesivos no reproduce por sí mismo la tensión de decidir mientras juegas. Aquí muchas veces espero que termine una peripecia para que arranque la siguiente, sin sentir que lo ocurrido haya dado mucho más espesor a Bryan.

Leyendo otras críticas encuentro entusiasmo por esa condición de atracción monstruosa. La de Variety disfruta especialmente de su transformación constante y de la variedad de criaturas. Entiendo ese placer y lo comparto lo suficiente como para haber pasado un buen rato. También me parece que la película se conforma demasiado pronto con él. El encuentro con la niña dejaba sitio para un horror más difícil de quitarse de encima, y habría agradecido que algo de esa incomodidad sobreviviera al desfile de vísceras. Me he divertido con la película que hay, aunque el principio me había hecho esperar bastante más.

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